Miedo. Pánico. Frustración. Ansiedad. Ira. Éstas son sólo algunas de las emociones que muchos de nosotros y los que nos rodean estamos experimentando en medio de la pandemia del coronavirus. Mientras he estado rezando y pensando sobre esto, hay tres cosas que siento que Dios me ha recordado durante esta pandemia.
Miedo. Pánico. Frustración. Ansiedad. Ira.
Éstas son sólo algunas de las emociones que muchos de nosotros y los que nos rodean estamos experimentando en medio de la pandemia del coronavirus. Mientras he estado rezando y pensando sobre esto, hay tres cosas que siento que Dios me ha recordado durante esta pandemia.
1. Nuestras emociones son reales.
A menudo se nos anima a ignorar o descartar nuestras emociones negativas. Sin embargo, deberíamos aprender a luchar con nuestros pensamientos y emociones negativas de forma saludable. Nuestras emociones son reales, y éstos son tiempos sin precedentes. En las Escrituras, vemos a Dios y a Jesús mostrar ira contra la injusticia, el pecado y el mal. El mundo en el que vivimos está manchado y estropeado por el pecado y el quebrantamiento como consecuencia de la caída. El pecado ha afectado a todo nuestro cosmos. Como creyentes, podemos enfadarnos ante la muerte, la destrucción, la enfermedad e incluso esta enfermedad, porque sabemos que no es así como se supone que debe ser nuestro mundo.
Toda emoción no es necesariamente mala o pecaminosa (Efesios 4:26, Romanos 12:15). En momentos como éste, recordemos llevar nuestras emociones y pensamientos ante el Señor en oración. En 1 Pedro 5:7, la Escritura nos dice que echemos todas nuestras preocupaciones y afanes sobre el Señor, porque Él cuida de nosotros. Al llevar nuestros propios afanes y preocupaciones ante el Señor, también tenemos una oportunidad estratégica de orar por y con los que nos rodean y no siguen a Jesús. Ver cómo manejas tus pensamientos y emociones puede ser un poderoso testimonio para los demás.
2. Este mundo no es nuestro hogar.
Tiempos como éste deberían recordarnos que, como creyentes, somos exiliados en este mundo (1 Pedro 2:11). Esta tierra, tal como la conocemos, no es nuestro hogar. No es nuestro destino final. Cristo nos está preparando un lugar que no se pudrirá y estará libre de enfermedades y sufrimientos (Apocalipsis 21:4). Ésta es una gran noticia para los que creemos en Cristo. Sin embargo, muchas personas no tienen la esperanza en Cristo que nosotros tenemos, y nosotros somos los encargados de ser agentes de esperanza. Esta verdad debería obligarnos a hablar cuando nuestro prójimo esté atenazado por el miedo. Cuando nuestros amigos o familiares sientan pánico, dediquemos un momento a rezar y a compartir la esperanza que hay en nuestro interior (1 Pedro 3:15). Tenemos un gran mensaje de esperanza que el mundo necesita oír. Deberíamos considerar este momento como uno en el que la proclamación del Evangelio puede hacer avanzar el reino de Dios.
3. Esto debería ser una llamada de atención.
Dios podría estar utilizando la pandemia de coronavirus para despertar a dos grupos de personas: Su Iglesia y los perdidos.
Para la Iglesia, ¿podría ser ésta una llamada a despertar de un letargo displicente para perseguir la santidad y volver a la mentalidad de la Gran Comisión? Dios sabe cómo llamar la atención de la Iglesia para que vuelva a Su misión. Reza para que el Espíritu Santo reavive en la Iglesia una profunda convicción y pasión por compartir el Evangelio.
Dios también podría estar utilizando COVID-19 como una llamada de atención para los perdidos. En el Libro de Jeremías, vemos cómo el profeta implora al pueblo que se arrepienta y vuelva a Dios, porque le habían abandonado y se habían extraviado en la idolatría (Jeremías 2:13). La destrucción y el hambre llegaron como consecuencia de la continua desobediencia del pueblo. Dios estaba llamando su atención. ¿Podría estar diciendo Dios a los perdidos en estos días: arrepentíos y poned vuestra confianza en Mí?
En esta crisis, tenemos una gran oportunidad de ver avanzar el Evangelio. Sabemos que Dios utiliza todas las cosas para llevar a cabo Sus propósitos. El coronavirus podría ser la forma que tiene Dios de llamar la atención de todos, tanto de los creyentes como de los no creyentes. Ojalá examinemos nuestros corazones y respondamos adecuadamente con arrepentimiento, fe, proclamación del Evangelio y amando bien a nuestro prójimo.